Me he sentido inspirado por la historia del perro flatulento, y me han entrado ganas de describiros lo fabuloso que puede llegar a ser un paseito por mi ciudad adoptiva, Valencia.
Un cúmulo de indescriptibles fragancias te asaltan a cada momento, a cada cual más misteriosa e inquietante. Son los testigos invisibles que te avisan en tu camino de que estas a punto de afrontar un reto cuanto menos complicado, te avisan de una realidad palpable (en la mayoria de los casos).
Y es que la ciudad de Valencia es el paraiso para los amantes de las carreras de obstáculos. Obstáculos en este caso olorosos a la par que físicos. Si, señoras y señores, Valencia es la ciudad de la mierda de perro, el meado de gato, los contenedores abiertos, y ciertas cosas que dan fé de las costumbres higiénicas, y de la educación de cierta parte de su población.
Mi camino hacia mi facultad son 10 árduos minutos que comienzan a la salida del bloque de pisos. Alli me espera un contenedor de escombros made in Construval S.L., que como ya habréis deducido se encarga de almacenar los escombros de la obra de la casa de la señora del segundo. Dicho contenedor, que sólo deberia recoger cascotes, yeso, cemento, algún mueble, y uno o varios inodoros (hago incapié en "inodoros"), se dedica además del negocio del cascote, a recoger las bolsas de basura de mis adorables vecinos de bloque. Y las citadas bolsas se convierten en testigos de las calorías que hubiera sido necesario quemar para llegar al contenedor de basura (ahora si) que se encuentra a 10 metros del portal, ni uno mas, ni uno menos.
Siguiendo por la acera, y después del recibimiento de las inertes bolsas de plástico del mercadona, por las que asoma una graciosa piel de plátano, me encuentro con la ya conocida por todos los transeúntes como "la mierda del fiera", el perro del señor de segundo, y una sorpresita. La mierda es negra azabache, absorbe hasta el más agresivo rayo de luz, y no tiene demasiada consistencia según opinión de mis zapatillas. En sí, la mierda es una mierda, pero no huele al fin y al cabo, lo que huele es la sorpresita. Se trata del "meado de fiera" (con copyright), que mas que un meado parece una sustancia química corrosiva y peligrosa en grandes cantidades. La orina del adorable perrito tiene unas propiedades curiosas, si estas despierto cuando pasas a su lado suele tumbarte, y si pasas dormido suele provocar una especie de shock orináctico que te deja despierto para todo el dia.
Cruzamos la calle, y nos encontramos con "El Contenedor". Dicho contenedor no tiene tapa, y podría decir si no estuviera evidentemente sin tapa, que al pasar a su lado destapa el tarro de las esencias... a carne podrida, a huevo pasado, a... eso.
Go go go! pasamos corriendo "El contenedor", y justo cuando paramos para respirar fuerte por la boca despues de estar aguantandonos, nos encontramos con que el hueco de un árbol ha sido el lugar elegido como improvisado deposito de unos pañales usados. No os hagais ilusiones, el aire viene hacia nosotros, y el bebé, quizá con diarrea como el perro, nos deleita con el aroma de sus eflubios intestinales mientras tomamos el aire que habíamos aguantado mientras atravesávamos la "hot zone" del famoso contenedor.
Por fin, llegamos al cruce de Blasco Ibanez. No me jodais y tened un poco de respeto hacia los conductores mañaneros. Los señores de los coches mandan, y si les da la gana de estar cruzando el paso de peatones hasta que el semáforo con el monigote que anda en verde lleva media hora encendido, lo hacen y punto. Si nos atropellan es problema nuestro, porque en la autoescuela a todos nos enseñaros que los coches tiene preferencia en todo caso.
Salvamos la vida de milagro, y nos disponemos a realizar la árdua tarea de cruzar "la zona del meado de gato". Esta zona aporta olores, yo diría que casi afrodisiacos. Los efectos psicotrópicos de la sustancia tienen su punto de máxima eficacia a las horas que calienta el sol y se pueden evaporar para lograr el máximo efecto.
Tranquilos que solo nos queda "la zona de las papeleras". Para ser sincero, ya casi no las veo como papeleras, sino como monumentos de la vida estudiante donados al arte contemporaneo. Estos monumentos revosan objetos comunes en la vida del estudiante: envases de precocinados, papel albal de bocadillos, tarrinas de helado y yogures... La verdad es que asi, a pelo, como monumento queda un poco soso, pero los olores de la fermentación le otorgan un "algo" especial, que logra de una vez por todas, que cualquier persona entre literalmente colocada a su facultad.
xD solo falta en valencia un perro como el mio
