Es una tarde gris en Barcelona. En su pequeño apartamento de soltero está Xavi, un ejecutivo de negocios en Internet que fue abandonado por la mujer de sus sueños, con una botella de whisky en una mano y en la otra el control remoto del estéreo donde suenan repetidamente los valses de Chopin. Se supone que hoy iba a trabajar temprano en el nuevo proyecto que le encomendaron, pero ya son las dos de la tarde y él sigue tirado en la cama. Lo llaman del trabajo insistentemente pero no contesta el móvil con la vana esperanza de que en la pantalla del aparato aparezca el nombre de ella en lugar del de su jefe.
A pesar de que se prometió no llorar, a cada rato se le asoman los pucheros y el espasmo que antecede al llanto y un nudo en la garganta le amarga el gusto. Un dolorcito sordo al costado izquierdo no lo deja en paz. Por todo el piso está tirada la ropa sucia de una semana, se observan restos de pizza, bolsas de restaurantes de comida rápida y gaseosas a medio terminar. Periódicos y libros esparcidos por el suelo yacen olvidados y no parece que haya alguien que se apiade y los recoja. Suena el timbre del apartamento, Xavi se levanta de prisa ilusionado con la posibilidad de que sea ella.
Observa por la mirilla y decepcionado ve a un cartero gordo y sonrosado que seguro llega con alguna correspondencia de cobranza. Abre la puerta y el cartero mira la barba sin rasurar, los ojos hinchados, el cabello desordenado, y diagnostica: mal de amores. Ya pasará tío, le dice dándole una palmada en la cabeza, apuesto a que es argentina, eh. Xavi esboza una sonrisa triste y asiente con la cabeza. Es ya la tercera argentina rompecorazones del mes, dice el cartero, cuidado con ellas, son dulces en la boca, pero amargas al tragar. Xavi firma el comprobante de entrega y le desea buen día al cartero sonrosado. Abre el sobre y lee sin interés el aviso de cobro urgente de la tarjeta de crédito, luego lo tira por ahí, y se tumba de nuevo en la cama. Nuevamente resuenan nítidas las palabras de ella: «Hacé con tu vida lo que querás, pero ya no contés conmigo». Le da un sorbo a la botella de whisky y con los ojos lacrimosos adelanta el cd de Chopin para que suene el Valse de l’adieu. Mientras escucha el vals recuerda cómo reía nerviosa cuando él le dijo que había arriesgado el corazón y que siempre fue por todo con ella.
La había conocido una tarde de primavera en el Parc Güell, ella entre un grupo de turistas latinoamericanos, él paseando con sus sobrinos gemelos de nueve años. Cuando la vio sola en una de las mesas de un café y le correspondió la sonrisa, se acercó y uno de los niños le dijo a ella dice mi tío que eres muy bonita. Ella se avergonzó un poco pero sonrió con esa sonrisa de las mujeres que indica que la puerta se puede abrir, dependiendo de cómo se toque. Xavi devolvió temprano a sus sobrinos aquella tarde y ella se escapó del grupo, y para la noche ya eran dos enamorados que parecían conocerse desde siempre. Ella lo abrazaba apretado recostada en su pecho y él le acariciaba el cabello mirando la ciudad de Barcelona desde el Palau Nacional, mientras la noche sonreía apacible.
Ella dijo que volvería a Barcelona para estudiar un curso de radiofonía y que entonces tal vez podrían salir y pasear por la ciudad. Intercambiaron emails y números de móvil y ella partió para continuar su tour europeo, pero de ahí en adelante se escribieron emails, chatearon, hablaron por móvil y se mandaron mensajes de texto todos los días, sin falta. Era como una adicción, estar en contacto con alguien al que poco conocían pero que se hacía más y más interesante a medida que lo sabían todo uno del otro. Ella era impaciente cuando él no contestaba rápido, él en cambio no desesperaba cuando la respuesta tardaba en llegar, pero todo iba de maravilla. Era la magia del amor de lejos.
Después de un par de meses de amor electrónico intenso, llegó el tiempo del tan esperado curso de radiofonía en la Universidad de Barcelona. Durante los días anteriores a la llegada de ella el intercambio electrónico se intensificó hasta el punto que Xavi apenas si trabajaba y dormía, pensando en que al fin dejaría de estar solo y que las palabras matrimonio y felicidad hasta podrían ser compatibles. Ella por su parte también se mostraba muy ilusionada y decía que todo esto para ella era un sueño hecho realidad.
Ella aterrizó en el aeropuerto de Barcelona un viernes por la tarde, a eso de las cinco. El esperaba ansioso, aunque trataba de disimular la emoción del momento. Cuando él la encontró entre la muchedumbre, ella lucía cansada pero estaba increíblemente hermosa. Ella lo vió, se acercó a él y se abrazaron amistosa, tímidamente. Pero para ella todo fue distinto ahora. Al verlo, la imagen idealizada que había hecho durante todo el tiempo de amor electrónico no coincidía con quien llegaba a traerla. Y ahí mismo se le murió el amor.
Para él en cambio fue magia verla de nuevo, pero al ver en sus ojos lo que sucedía se decepcionó y supo su destino, aunque no quiso aceptarlo. La fue a dejar a la casa en donde se alojaría y cuando preguntó que cuándo salían, ella le sonrió amargamente y dijo «yo te aviso». De ahí en adelante, ella no respondió emails, ni mensajes de texto, ni llamadas de teléfono. Lo logró esquivar por dos semanas hasta que Xavi la encontró camino de la universidad y la abordó. Ella le dijo que cuando lo vio en el aeropuerto comprendió que lo de ellos no podría ser, y después del discurso que tenía preparado, pronunció las palabras que se le repetían a él una y otra vez: «Hacé con tu vida lo que querás, pero ya no contés conmigo».
Ahora ya es de noche y sigue sonando en repeat el Valse de l’adieu de Chopin. Xavi bebe el último sorbo de la botella de whisky y se asoma a la ventana que da a la calle. Un pordiosero pasa enfrente y registra la basura de la esquina para ver qué encuentra, lo acompañan un par de perros flacos que observan con interés qué hace su amo. Después de varias noches de desvelo, Xavi al fin se siente cansado y se va a la cama, tirando al suelo todo lo que hay encima. Duerme con la ilusión de que al despertar ya lo habrá dejado en paz el dolorcito sordo que tiene al costado izquierdo, dolor que comenzó cuando ella pronunció las palabras fatídicas. Tal vez un buen descanso se lleve todo y sea otra vez como antes, cuando no habían emails, ni chats, ni mensajes de texto, ni llamadas al móvil, ni argentinas enamoradas, ni nada de nada.
Día 13 de abril de 1895
Hoy ha llovido toda la tarde y mamá no me ha dejado salir a jugar, pero igual he salido. Y ahora me he enfermado. Me duele mucho la pancita y la cabeza. Papá trajo a una mujer para que sea mi enfermera. Es una mujer joven. Mamá no quiere que se quede aquí conmigo ni que me cuide. Dice que es una bruja. Así que le ha pedido al criado que traiga la cama de ella aquí junto a la mía.
Día 17 de abril de 1895
Mama parece que también ha enfermado. Ahora Ella debe cuidarnos a las dos. Mama está mal. Tiene fiebre y habla cosas que no entiendo que significan. Me asusta que esté así...
Noche del 17 de abril de 1895
Fui a buscar un vaso de agua para mama y sin querer espié por el dormitorio de Ella. Estaba con papá. Y el la besaba y hacían cosas... Me fui corriendo pero creo que ella igual me vio...
Día 20 de abril de 1895
Ella le trajo a mamá una cosa rara para que comiera. Mamá no quería y ella la obligaba. Le abría la boca y le ponía eso y le hacía tragar todo. Después le daba leche...pobre mama... cada vez está peor, y yo no mejoro nada, aunque ya no me duele la cabeza. No le conté nada de lo que vi la otra vez, o se pondría peor. Ella creyó que yo estaba dormida y no me hizo ni me dio nada. Papa viene y nos saluda de vez en cuando. Mama esta casi todo el día inconsciente y de noche cuando esta cuerda me dice que no coma lo que Ella me da...
Día 1 de mayo de 1895
Mamita se ha ido al cielo. Eso me dijo papa. Pero yo se que mami no se quería ir. Ella le ha obligado. Es mala. No quiso que fuera con ellos al cementerio porque dice que soy muy revoltoso y que desobedezco. (Quisiera que mama estuviera aquí así me explicaría que es revoltoso). Papa ya no me quiere. Hace mucho que no viene y me habla como antes... Ahora la quiere a Ella...
Día 6 de mayo de 1895
Tengo miedo. Ella me ha querido mandar lejos. No quiere que este con papa. Quiere que vaya a un internado y papa no quiere. Ella ha mirado como si quisiera que desapareciera... le tengo miedo. Ayer me ha quitado a Tito y no me lo ha devuelto. Le he rogado pero me ha dicho que soy un niño grande ya para tener osos. ¡No me importa! Mama nunca me ha quitado a Tito. Se lo he dicho y me ha dado un bofetón. Es mala...
Día 24 de mayo de 1895
Me siento mal... creo que le ha puesto cosas raras a mi comida cuando estaba dormido. Esta noche me voy a hacer el dormido y la voy a espiar...
Noche del 24 de mayo de 1895
Ha dicho que no me quiere, y que le estorbo. Que quiere que me vaya al cielo con mi mama así ella puede quedarse con mi papa... Es mala... Mami.... ¿me estará viendo? Desde el cielo deben verse muchas cosas... mamita... si me ves avísame que me esta haciendo... aunque... no, no me digas nada... papa ya no me quiere mas y yo quiero estar contigo.
Día 31 de mayo de 1895
Papa ha venido a verme y se ha asustado. Ha dicho que parezco un fantasma... pero yo se que es por culpa de ella. Ella no quiere que escriba más y ha buscado este diario por todas partes. Pero solo yo se donde está. Igual he tenido que cambiar su escondite. Ahora está bajo el pedazo de loza que esta suelto bajo mi cama... Espero que no lo pueda encontrar.
Día 12 de junio de 1895
Me voy a encontrar con mamita. Estoy contento, triste porque tengo que dejar a papá y enojado porque ella es mala... Ella mató a mama y me esta matando a mí... Ahora estará feliz... Lo que ella no sabe es que a mama la espero un ángel y a mi también me espera uno... A ella le queda poco tiempo... Y su ángel es uno negro... y se la va a llevar a otro lugar... ¿Como lo sé? Él me lo ha dicho. Lo he visto en sueños. Él me dijo que hoy he de estar con mi mama y que ella va a estar en otro lugar. Uno oscuro y tenebroso... Ahí viene mi ángel... Adiós papito... te quiero a pesar de todo... adiós papito mío...
Laureano
llegó a España hace cinco años. Con cincuenta recién cumplidos. Es un
tipo bajito, flaco, calvo y miope. La naturaleza o Dios, no sé, fueron
muy poco espléndidos con él.
Durante veinte años lo único que hizo en Cuba fue rellenar papeles en una oficina, casi a oscuras. Era auxiliar de contabilidad.
Nunca se casó. Ni se le conoció ninguna concubina. Creo que en Cuba
tuvo sexo solamente una vez con una de sus primas, y que no andaba muy
bien de la cabeza. Fue algo oscuro y tumultuoso que su familia siempre
ocultó.
Un hombre gris y sin trascendencia. Inmediatamente que
llegó aquí se puso en contacto conmigo. Le conocía del barrio y de
compartir algunas partidas de dominó en el portal de la bodega de la
esquina. Los sábados y los domingos matábamos el tiempo de cualquier
manera. Yo no tenía que ir a mi consultorio, ni él a su lóbrega
oficinita. De cierta forma éramos amigos. Me hacía muchas confidencias,
y también preguntas. Quería saberlo todo acerca del sexo y las mujeres.
No tenía familiares cercanos, sólo unos primos que vivían en un pueblo,
muy lejos de la Ciudad de La Habana.
Yo llegué a España en el mes de junio del 2000, él tres meses después.
Alquiló
un pisito en el centro de Santa Cruz de Tenerife. Cerca de la Plaza de
la Paz. Un buen lugar. Céntrico y de fácil acceso.
Al principio
seguíamos conversando mucho, y de vez en cuando echábamos en mi casa, o
en la suya, algunas partidas de dominó. Recordando los viejos tiempos.
Pero tenía una idea fija, una obsesión: “Templarse (follarse) una buena
española”
Ya que con las cubanas no había tenido éxito, pues venía
con las claras intenciones de quitarse la picazón con las hembras
ibéricas. Yo lo vi todo muy difícil desde el primer momento, pero no
quise desanimarlo. Pero luego pensé, con el transcurrir de los días,
que a lo mejor un medio tiempo se fijaba en el hombre, ¿por qué no?
Nunca faltará un roto para un descosido.
Consiguió un trabajo de
camarero y se dispuso a cazar a su presa. Nada. Un fracaso tras otro
hicieron mella en su estado de ánimo, ya de por sí precario, hasta
abocarlo a una fuerte depresión. Le instauré un tratamiento
antidepresivo, pero a los seis meses andaba igual. Cabizbajo,
taciturno, huraño, en fin, jodido completamente. La solución era que
encontrase una mujer y que descargase toda su “carga biológica” en
ella. Ese semen, seguramente rancio, que albergaban sus vesículas
seminales. Como temía tanto contraer una enfermedad venérea, ni pensar
en que se desahogara con una “chica de la calle”. Muchas veces pensé
que la solución andaba por ahí, pero él quería algo más que sexo.
Deseaba amor. Que lo amaran. Lo comprendía.
El tiempo
irremediablemente pasaba. Mientras, coleccionaba revistas eróticas. En
Cuba eso está prohibido, pero aquí no. Acá si quieres te subes al
autobús leyendo una. Allá era una multa o la cárcel. Al menos era un
paso de avance. El acto masturbatorio estaba garantizado en toda su
magnitud. Nunca hablamos en profundidad de esos temas algo escabrosos e
íntimos, pero estoy seguro que idolatraba a cada una de las modelos que
le sonreían desde las impecables páginas a todo color.
Un día no pudo aguantar más y me llamó al móvil.
-José Luis, oye, tenemos que hablar compadre. No soporto más esta situación...
A pesar que sabía de que me hablaba, indagué:
-¿Qué situación, Laureano, de qué me hablas?
-Coño viejo de mi problema... De lo que tú sabes...Las mujeres, las pajas, todo eso...
Lo estaba poniendo en una posición difícil. No quería abusar. Brotó de mi la vena de benefactor.
-Está bien. Ya sé. No digas más. ¿Qué puedo hacer por ti?
Escuché su respiración entrecortada, aquello le estaba costando lo suyo. En el fondo era muy tímido.
-Averíguame un buen sitio dónde pueda ir a desahogarme.
-¿Y las venéreas?¿ Ya no les tienes miedo?
-Compadre,
me da lo mismo. Lo que quiero es ir a un lugar seguro y limpio, aunque
sea caro. Tú eres médico y tienes muchos conocidos. Contáctame con un
buen sitio.
-Coño, pues averigua tú, compra el periódico, pregunta... No sé, haz algo. ¿Para eso me llamas?
El tipo no cedía. Insistía.
-Es que no es lo mismo. Mejor es ir a un sitio recomendado.
Tenía que sacármelo de encima. Además, la vena benefactora seguía emanando de mis entrañas.
-Bueno, está bien. Yo te llamo después, cuando termine la guardia.
-¡Gracias, mi hermanito!
Colgué sin decir adiós.
Santa
Cruz de Tenerife es una ciudad no muy grande, y si te pones a preguntar
dónde es que hay un buen lugar para tener sexo la gente no va a pensar
que lo averiguas para ayudar a un amigo. Con la única persona que tenía
cierta confianza para indagar era el dueño del bar que estaba en la
esquina del Centro de Salud donde trabajaba.
Allí me fui a las
siete de la tarde, luego de terminar una guardia de veinticuatro horas
y unas horas extras de consulta a tope. Después de tomarme un par de
cervezas para esperar que el local se vaciara un poco, llamé para un
rincón a Antonio, el barman, y le expliqué lo que quería.
-Pues
mira, viniste a ver a la persona indicada. Hay un amigo mío que acaba
de inaugurar un Club. Es algo diferente, ¿sabes? Está bien y es
discreto, ubicado en un sitio apartado y creo que no es demasiado caro.
-Me da lo mismo. Yo no voy a pagarlo. Es mi amigo que está desesperado.
--Pues nada, la dirección es esta...
Me anotó en una servilleta la dirección y el teléfono del lugar. Esa misma noche se la entregué a Laureano, en su casa.
Pasaron
muchos días y no me llamaba. Cada vez que yo lo hacía a su móvil me
daba que estaba fuera de cobertura. ¿Dónde se habrá metido este tipo?
Hasta que pasado un mes decidí pasarme por su casa.
Pensaba
encontrarme un hombre destruido, deprimido, descojonado. Pero no. Quien
me abrió la puerta fue un tipo diferente. Era el mismo Laureano, pero
vestido de traje, afeitado, perfumado, y que al parecer se disponía
salir en ese momento. Sostenía contra el pecho un libro forrado en
cuero color marrón.
Pensé enseguida: “Coño el tipo se enamoró,
seguro va para casa de la prometida. Menos mal que resolvió su
problema” Me invitó a pasar y nos sentamos frente a frente, cada uno en
una butaca, en la salita. Era un lugar acogedor. Bien iluminado, y
ventilado. Serían como las doce del mediodía.
-¿Qué, vas de paseo?
-¿Pasear? No, voy a trabajar.
-¿Así vestido, y con esa novela en la mano?
-No es ninguna novela. Es la Biblia
-¿Y para qué quieres una Biblia en tú trabajo? ¿Conseguiste trabajar de camarero en una iglesia?
-Ya no soy de camarero. Ahora soy un siervo de Dios.
-¿Siervo de quién? Explícate compadre porque yo tengo que irme y me estás mareando.
Me puse de pie con intenciones de marcharme. Me tomó por el brazo derecho:
-Siéntate. Cuando te lo explique me entenderás.
Era
otro Laureano. Estaba cambiado totalmente. En apariencia era el mismo,
pero había más aplomo en sus gestos, y una sonrisa enigmática no se
borraba de sus labios. Como si hubiera encontrado la piedra filosofal.
-¿Te acuerdas de aquella noche, cuando me diste la dirección de aquél antro?
- ¿Antro? Coño, cómo no me voy a acordar, si después de aquello no te he visto más y es por eso que estoy aquí.
-Bueno,
te contaré. Fui hasta aquél sitio y en la puerta había un tipo haciendo
guardia. Ya sabes, el cuidador del bayú. Un tío grandísimo, un
mastodonte. Me sacaba como cuarenta centímetros en altura...
-¡Ah,
no jodas Laureano, si era un mastodonte como tú dices, debe haberte
sacado más de medio metro. No te pongas bravo mi socio, pero tú eres un
enano.
-¿Enano yo? ¿ Dices que soy un enano, eh? Yo mido uno
cincuenta y siete. Creo que para ser enano hay que medir menos de uno
veinte...
Lo corté en seco.
-¡Basta! Termina la historia. Tengo prisa.
-Está
bien. Bueno, como te decía, llegué allí y aquél grandote y fuertísimo
me recibió con cara de pocos amigos. Me preguntó en un tono poco
cordial qué deseaba. Le respondí que pasaba por allí y que me apetecía
entrar para disfrutar de algo fuerte, algo sabroso. Tú sabes que en eso
en Cuba es que te pongan una buena jeba en bandeja de plata. Pues
parece que el tipo entendió al revés. Me envió con un ticket a la
puerta número quince. Tuve que atravesar un largo pasillo medio en
penumbras, con humos artificiales, luces de colores y todo eso. Casi al
final estaba la puerta indicada. Me abrió una rubia tan grande y
voluminosa como el tipo de la puerta. Estaba casi desnuda. Vestía un
traje de cuero negro, pero mínimo. Dejaba ver unas tetas enormes y las
nalgas fuera. Me invitó a pasar. Parecía extranjera porque pronunciaba
muy mal el español. Seguro era alemana o inglesa. No sé, ni me interesa
averiguarlo. La habitación estaba a media luz, y se podía oír una
música parecida a un rock algo lento. Me invitó a sentarme en una
banqueta que estaba en un rincón. Me sirvió un güisqui y me lo tomé en
silencio porque la tipa hablaba muy poco. Además, casi no le entendía
lo que decía. Cuando iba por la segunda copa, inesperadamente me agarró
por el cuello de la camisa y pegó su boca a mi oído derecho, ahí
comenzó el festival.
Decía:
“-Yo ser tú ama y tú ser mi esclavo, perro, arrodíllate, perro...”
-Compadre,
imagínate, ponte en mi lugar. Yo estaba entusiasmado con encontrar
amor, cariño, alguien que me tratara con dulzura, y me encuentro aquél
pedazo de hembra que me trataba de aquella manera. Para completar la
cosa, descolgó un látigo de la pared y me ató con unas esposas a un
tubo que estaba en el suelo y que atravesaba aquella habitación de
paredes acolchadas, de lado a lado.
Tuve que aguantar la risa. Pregunté:
-¿Y no pudiste decirle que dejara aquello, e insinuarle al menos lo que buscabas?
-Se
lo dije, pero la tipa no me entendía. Me quitó la camisa de un tirón y
solamente repetía aquello de que era mi ama y yo su esclava. Me dio una
tunda de latigazos por la espalda que no quiero ni acordarme. Mira,
mira, todavía tengo las marcas.
Me enseñó la espalda flagelada. Un
torso blanco y esquelético cruzado por débiles marcas, como surcos
violáceos, algunos más profundos que otros, en proceso de
cicatrización.
-¿ Y cómo lograste quitártela de encima?
-No
pude, todo siguió su curso, la situación fluía para ella, parece que se
cansó de flagelarme y cuando todo terminó por su propia voluntad, le
pregunté por el costo de aquella paliza. ¡Eran ciento veinte euros!
-¿¡Cuánto has dicho!?
-Dije
ciento veinte euros. No has oído mal. Le insinué que me parecía un
precio excesivo, y más cuando había sido casi engañado. Y me respondió:
“Pues salir bastante barato, si pedir especialidad de casa costar más
caro” Le pregunté extrañado: “¿Cómo es eso de la especialidad de la
casa? ¿Cuál es esa especialidad?” Me respondió: “Pues ves estos tacones
altos, clientes volver crazy con ellos, y pedir meter por culo” Ya
podrás imaginarte a la velocidad que salí de allí, cuando casi llegaba
a la salida, de una habitación salían unos grititos muy débiles. Me
asomé, porque la puerta estaba entornada, tenían a un viejo empotrado
contra una pared y una morenaza le pisaba el cráneo de manera muy
concentrada. No pude más, aquello era mucho para mí. Salí como bola por
tronera. Ya en la calle tuve una iluminación. El sexo no era para mí.
Dios me había sometido a una dura prueba. Y decidí comenzar a servirlo
como él mismo me indicara. Caminé unas cuantas calles y hallé la
respuesta. Unos Testigos de Jehová se me acercaron. Los oí, y me dije
esto es lo tuyo Laureano. Y aquí me ves, vendo Biblias, propago la Voz
del Señor y no me muero de hambre. ¿Quieres que te lea algún versículo?
-No gracias, estoy apurado. Me voy.
-Bueno, te lo pierdes.
Me parece que ahora es feliz a su manera. ¿Será cierto eso de que los caminos que conducen a Dios están llenos de misterio?
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