Valoración: 8
La noche brillante (C1)

Hola,

 

CAPITULO 1 - El Silencio.

 

Sentí que me despertaba. Poco a poco empecé a sentir todos mis órganos, especialmente mi dolorido hígado.

Estaba sentado. No podía ver. No, no estaba sentado, sino más bien tumbado boca arriba, como en uno de esos sillones que vibran y esconden una plataforma que se eleva para poner las piernas. Siempre he querido tener uno.

Sentí una fuerte tensión en mis brazos y en mi frente. Estaba atado. Atado al sillón.

Por lo menos podía mover las piernas, pero no veía.

Seguí estudiándome. Hacía frío, o por lo menos yo temblaba. Debía de haberme meado, porque olía a orín y tenía los pantalones mojados. Todavía no sentía mi lengua, ni mi boca, ni siquiera saliva. El hígado me estaba matando, y las náuseas me hacían dudar cuánto tiempo llevaba sin probar bocado.

 

- Bueno, parece que se recupera.

 

- Pues todavía no me he comido la cena, que se espere.

 

Dios, hay dos tíos cerca de mí,  y no reconozco a ninguno.

Me volví a mear, no pude controlarlo. Estaba paralizado por el miedo. Fuera lo que fuera, no me encontraba en la mejor situación de todas. Atado y con los ojos vendados - volvía a sentir mi cara de nuevo, incluido el duro trapo que me envolvía la cabeza hasta la nariz, como una venda de esparto - estaba a merced de ellos.

Por lo menos sabía que era de noche, cerca del amanecer. Parecía que uno de ellos leía un periódico o una revista mientras que el otro cenaba ruidosamente.

 

¿ Cómo cojones he llegado hasta aquí ?. No tenía ni la más remota idea de qué había pasado ni de por qué estaba tan jodidamente situado. Sólo recordaba estar en una conexión directa interviniendo un proyecto del estado sobre circulaciones multidimensionales.

Pero esa no podía ser la causa de mi situación.

Si me hubiesen cogido los “GDI’s” ( Gestores de Información ), ahora tendría que estar hablando con algún concejal del ayuntamiento sobre el importe de mi futura nómina.

Siempre ocurría así. Cuando te cogen, primero intentan ponerte de su lado por un módico precio, pese a que saben que nunca podrán pagar las cantidades que cualquier empresa privada te ofrece por seguir interfiriendo en sus sistemas.

Si yo soy una empresa, y sé qué proyecto va a salir a concurso, cuándo y como, seguramente estaré mejor preparado a la hora de ofertar, y seguramente conseguiré el proyecto, el cual me reportará siempre mucho dinero.

Pero esto era otra cosa. Esto era mucho más serio que una penetración en un sistema.

 

Empezaba a sentir los efectos de la falta de skunck en mi cuerpo. O seguramente llevaba mucho tiempo sintiéndolos pero eran anulados por el miedo. Sí, mi hígado no dejaba lugar para las dudas... necesitaba inyectarme una dosis o me volvería loco. Por favor, quiero que esto acabe de una vez y que sea un puto malentendido y que me dejen en paz. Tengo que decirles que no pienso hacer nada. En cuanto recupere el control sobre mi boca les diré que esto para mí es como si no hubiese pasado y que lo he olvidado todo ( ¿ el qué , si no recuerdo nada ? ).

 

Cada  vez recordaba un poco más. Recordaba el mensaje recibido por los cauces normales ( mail “privado” a mi buzón público ) el Viernes pasado. Después de traducirlo, se me definían unas direcciones concretas de acceso y un nombre : InfoArco ( muy original para un sistema del estado ). Las direcciones de acceso ya las conocía e incluso las había utilizado otras veces para “saltar” a otros lugares. Eran sistemas bastante abiertos que no tenían casi vigilancia ni seguridad. De hecho, nunca me había parado en ellos hasta entonces. Recordaba que me lo tomé con calma y pensé que era un dinero fácil. Como no iba a necesitar de todas mis habilidades, me lié un par de porros de ártesis que me atontaron un poco, pero me devolvieron esa sensación de seguridad y calma que todos los “penetradores” necesitamos para trabajar. Ni siquiera utilicé el interface corporal ( ¿ y entonces por qué no recordaba ningún ruido ni sensación extraña antes de perder el sentido ? ). Accedí al sistema a través de un bucle de accesos que había depurado justo una semana antes y alcancé InfoArco en menos de una hora. Estaba volcando los datos y entonces... y entonces... entonces estoy aquí. Joder, mi hígado sabe karate.

 

- Creo que deberíamos avisarle, igual se cabrea.

 

- Vale, vale, ya voy.

 

El que estaba comiendo se movió. Oí abrirse y cerrarse una puerta. No sabía a dónde iba ni por qué, no sabía nada. Y no podía hablar. Era como si me hubiesen arrancado la boca.

Recordaba esa sensación del día que tuve mi primera pelea ( mi única pelea ) a los dieciséis años. Estaba en una discoteca apoyado en la barra intentando gritar al oído alguna ebria incoherencia a algo o alguien que parecía una mujer y sentí que me tocaban en el hombro. Al volverme vi como un “pastillero” de k-extásis en plena subida y con las mandíbulas totalmente desencajadas lanzaba su puño contra mi cara. Reboté contra la barra y caí al suelo como un saco de patatas. Cuando me levantaron los de seguridad y me llevaron a la salida traté de hablarles, pero el puñetazo me había partido tres dientes superiores, dos inferiores y me había desencajado la mandíbula. Esa fue la última vez que oí música en una discoteca.

Oí pasos. Esta vez eran más. Les sentía cerca de mí, como si estuvieran examinándome.

 

- Comprueba que la sigue teniendo dormida.

 

Esta voz era nueva. Era profunda, madura, y con acento. El tipo no era de aquí, pero eso me daba igual, no me gustaba.

Me sujetaron las piernas al sillón por los tobillos al igual que tenía las manos. No hice el más mínimo esfuerzo en señal de plena sumisión pero sí intenté gritarles que me perdonasen, no sabía por qué pero quería que me perdonasen. Fue inútil. No pude decir palabra.

Sentí la respiración de alguien en mi cuello. Me examinaba el rostro. Se estaba acercando mucho a mí. Debía de ser el tío que estaba comiendo porque apestaba a salsa de tomate prefabricada. Dios, ¿ qué me van a hacer estos hijos de puta ?. Se separó.

 

- Lo está, le he hecho un par de cortes y no se ha enterado.

 

- Bien. Empecemos.

 

Sentí la luz. Era como si me hubiesen puesto un foco de las antiguas películas cuando van a aplicarle el tercer grado a un sospechoso. Pero no podía distinguir nada, ni una sombra. Preferí cerrar los ojos ya que así podía concentrarme mejor en mis otros sentidos.

Algo se puso en marcha. Era un ruido de un motor. Un motor antiguo pero en muy buen estado, ya que apenas producía ruido ( o estaba muy lejano, yo que sé ).

 

- Bueno, bueno, bueno..., como te lo explicaría yo..., tú vas a morir. Vas a morir porque me han encargado que te mate, y punto.

 

Esta vez me cagué. Mis testículos se contrajeron hasta golpear mi abierto esfínter. El aire no me llegaba a los pulmones, y comencé a ver los multiformes relampagueos previos a una pérdida de conocimiento. Pero no me desmayé. La inyección masiva de adrenalina producida por el miedo no me dejó, pero a su vez provocó una absoluta parálisis de todo mi cuerpo.

 

- El caso es que soy un poco digamos... complaciente. En esta puta vida estamos sufriendo constantemente. Y no me parece lógico que mueras sin sufrimiento, así que primero voy a hacerte un poco de daño, pero no te preocupes, no será mucho. Por eso, tal y como habrás observado, te hemos dormido la lengua y la garganta y te hemos desencajado la mandíbula.

 

- Pero no te preocupes, dentro de un rato se te pasarán los efectos...

 

Los tres se rieron a la vez.

 

- Primero te vamos a cortar los dedos de las manos. Después, te vamos a coger tus huevos y los vamos a reventar un poco con estos alicates. Y por último, te vamos a despellejar vivo.

 

Dios, esto no puede ser verdad. Tiene que ser una broma. Por Dios que sea una broma y te juro que me río.

Entonces empezó. Me sujetaron el dedo meñique y sentí un corte profundo a la altura del nudillo. Grité, no salió un sólo alarido pero yo grité con todo mi cuerpo. Era curioso. Me daba la impresión de que no me lo habían cortado y todavía podía moverlo.

 

- Ahora el gordo.

 

- No, hay que ser metódico y seguir un orden hasta en la muerte, imbécil.

 

El anular fue espantoso. Noté como un chorro de sangre salía despedido en todas direcciones vaciándome.

Al cortarme el dedo corazón no fue tan limpio, porque sentí el corte por encima del nudillo. Al golpear la cuchilla ( o lo que fuera ) contra el hueso sentí lo mismo que cuando un dentista penetra demasiado con el torno y te lo clava en el nervio de la muela.

El dolor recorría mi cuerpo desde la mano al cerebro y a la inversa, como si fuese una carrera de suicidas por una autopista corriendo por el carril contrario, a ver quién se mata primero.

Las convulsiones y los estertores no me dejaban razonar y eran cada vez mayores. La saliva se me agolpaba en la boca produciendo ridículos gorgoteos.

 

Y de repente se apagó la luz. No sólo me habían quitado el foco de la cara sino que tampoco existía la penumbra  que recordaba cuando recobré el conocimiento. No se oía nada. No había movimiento. El motor ya no funcionaba. No estaban. No podían seguir allí porque, poniendo el máximo esfuerzo con mis sentidos sólo podía oír el goteo de mi sangre contra el suelo.

Me quedé inmóvil. Sentía que me cansaba por momentos. La pérdida de sangre y el repentino parón me estaban haciendo que perdiese de nuevo el conocimiento. Pero no podía quedarme inconsciente. Si me dormía no volvería a despertarme. Me venían a la cabeza fogonazos de escenas de películas cutres en las que se abría la puerta del baño y se veía al hombre o la mujer en la bañera con la cara contraída por la muerte mientras que la cámara enfocaba las sangrantes muñecas de la víctima.

Seguía sin oír nada. Me iba a morir si no me paraba la hemorragia. Tenía que soltarme o esos hijos de puta volverían a acabar su trabajo. Santo Dios, tenía que soltarme.

Y perdí el conocimiento.

 

Una horrible punzada en mi mano izquierda me despertó. Esta vez, recordaba todo lo que me había ocurrido. Seguía en la misma posición, y no me había muerto.

Ahora sentía mi lengua, y notaba la boca seca y los labios cortados, debido seguramente a que no había podido cerrarlos desde hacía mucho tiempo. La mandíbula, la mano y el hígado me saludaron casi al unísono con distintos tonos de dolor. Expulsé parte de la baba que me bloqueaba la garganta y volví a concentrarme en mi alrededor. Nada. Esta vez la sangre se oía gotear mucho más pausadamente. La correas que me sujetaban al sillón fuertemente habían hecho las veces de torniquete y me habían salvado la vida.

Pero seguía estando inmovilizado. Tenía que salir de allí cuanto antes. No me atrevía a gritar. Cabía la posibilidad de que se hubiera hecho de día y los tíos se hubieran ido a descansar, y por Dios que no quería molestarles.

 

Comencé a forzar mi mano derecha para liberarla, pero debido a la presión la tenía hinchada y sólo conseguí un poco más de dolor para añadir al grupo. En los pies me ocurrió lo mismo.

Decidí calmarme. La única posibilidad que me quedaba era mi mano izquierda, o lo que quedaba de ella. Al haberme cortado los dedos, podría hacerla pasar por la correa sin mucho esfuerzo, pero sólo pensar en moverla me provocaba náuseas.

Comencé a contraerla y noté una punzada que me provocó lágrimas como cuando te golpeas en la nariz. No podía hacerlo poco a poco porque me iba a volver a desmayar. Lo hice todo a la vez. Contraje mis tendones todo lo que pude y tiré fuertemente hacia mí. La mano salió del cepo y comenzó a sangrarme fluidamente con “ feliz intensidad ”.

Desatarme la mano derecha fue muy difícil ya que mi mente no estaba todavía acostumbrada a mi nueva mano y simulaba contactos con dedos que no existían. Además la sangre hacía que el tacto fuese confuso y resbaladizo. Por fin me solté la mano presa y comencé a desatarme la cabeza. Cuando me quité el trapo y abrí los ojos pude observar que la habitación estaba realmente a oscuras. Utilicé el trapo como pude para taponarme la mano y me desaté las piernas.

Tanteé hasta encontrar una pared y finalmente conseguí encontrar la puerta. Si estaba cerrada pensaba abrirla a patadas pero no fue así. Salí a un corredor oscuro que filtraba por una rendija la luz del día. Eso significaba que si salía de allí y me exponía a la luz correría el riesgo de morir en poco tiempo. Pero tenía que huir. Ellos podrían volver.

 

Llegué al final del pasillo y encontré la salida del edificio. Abrí la puerta y la luz me cegó momentáneamente. Comencé a correr. Estaba totalmente desorientado y nada me parecía familiar, pero me di cuenta de que en poco tiempo comenzaría a anochecer y no moriría por culpa de las radiaciones. Seguí corriendo, corriendo...

 

Regards(las plantas)

27 Oct 2007, 12:43
#1

SinSa, porque no recojes todos tus escritos los metes en un libro le pones de titulo algo que llame y lo mandas a una editorial x'D podria convertirse en un buen libro de humor-drama-misterio-etc

02 Nov 2007, 20:49
#2

Muy bueno!

02 Nov 2007, 21:15
#3

Hay final ? juas me dejas con la intriga...

04 Nov 2007, 18:51
#4

Buenisimo SinSa , pero yo tambien me e quedado con ganas de sabe como termina

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