"Y nada me interesa de alrededor
me subo a lo más alto de la locura
y encuentro a mi princisa charlando con la luna
echándose carreras a ver quien es más puta!"
-Extremoduro-
Hace dos noches tuve un sueño que me llamó la atención. No recurdo muy bien como llegué allí (todos mis sueños se enlazan para formar historias largas durante la noche) pero me encontraba en el asiento de atrás de un coche conducido por una hermosa mujer. Nos acabámos de conocer, pero me daba la impresión de que quería algo de mí, algo que yo sabía y que la inquietaba. Y yo sabía que estaba buscando ella, lo que me daba el control de la sutuación. Fuera del coche estaba la carretera, de noche. Como suele ocurrir en los sueños había detalles descabellados. Por ejemplo, al pasar por zonas pobladas había taxis que en realidad eran algo así como carros de madera pintada de negro, tirados por caballos y un conductor con un látigo. Pero volviendo al interior del cómodo coche que me llevaba: la mujer era joven, de ventipocos (yo tengo 20, pero en el sueño debía tener al menos 25), con el pelo castaño y liso, y un vestido negro algo escotado. Estaba algo inquieta, pero hablaba de vez en cuando, con normalidad, mientras conducía. Yo sonreía ante la perspectiva de tener todos los ases de la baraja, aquello que quería ella saber, porque lo que le estaba ocurriendo me había ocurido a mí antes. Pero me estoy entreteniendo. En determinado momento sonó su móvil, junto a la palanca de cambios, sonó seguido el mío, en el bolsillo, y sonó seguido el despertador junto a mi cama que me despertó.
Permanecí unos momentos echado sobre la almohada, escudriñando los últimos momentos del sueño, y reconocí el paisaje nocturno que veía a través de las ventanas de aquel coche. Era la noche en el pueblo en el que me crié, un paisaje en concreto que podía verse en las proximidades del cementerio. Recordé la última noche que estuve allí: Había quedado con un par de colegas para probar y hacer la ouija allí. La noche pasada probamos a la entrada pero no salió bien, de modo que aquella noche decidimos saltar el muro y probar en el interior. Aunque yo era el único que había hecho alguna vez la ouija que se lo había currado (que me había tirado casi un año devorando por internet y en libros temas esotéricos y demás ralladas), secretamente sabía que nunca me había ocurrido nada raro como cuentan por ahí, y que casi siempre fui yo quien movió la moneda o el vaso. De modo que a mi no me preocupa lo que pueda ocurrir. Salimos de la peña, algunos chavales más pequeños dijeron que querían venir con nosotros (les encanta hacerse los chulitos delante de las nenas como que "a mi no me da miedo") y el colega y yo pasamos por mi casa para pillar unas cervezas. ¡Pero que agusto estaba caminando en aquella noche de verano hacia la tranquilidad del cementerio, con la cerveza en una mano y escuchando mentalmente "Jaming" de Bob Marley! Total, llegamos, nos reunimos con otros dos que iban a entrar con nosotros, y el resto de chavales que estaban por allí. Os imaginaréis que, a la hora de la verdad, a la mayoría de chavales acojonados les salió algo que hacer urgente (ya lo tenía previsto, por éso no me preocupaba que rondaran por allí) y se marcharon. De todos, sólo uno demostró ser sincero y maduro, y dijo que aquellos temas le daban respeto y que no quería meterse en eso. Pues nos despedimos de él y cuando todo el mundo se hubo marchado empezamos con el proyecto. Primero escalé yo el muro y me senté en lo alto mientras algunos me seguían o usaban un oportuno bidón para subir. Después estuvimos un rato decidiendo quien entraba primero (los cementerios de noche dan pie a la imaginación, y la verdad es que se respiraba un clima inquietante, es decir, ideal). Una vez abajo, a uno de los nuestros empezó a entrarle seriamente la neura. Se pegaba demasiado a otro colega, y no dejaba de mirar a un lado y a otro. La verdad es que a veces puedo volverme muy cabrón, y se me ocurrió poner cara de alarma y decír "he escuchado algo por allí". La cara de tipo, que era algo más pequeño que nosotros, fue una recompensa justa. El caso es que, rechazando la propuesta del chaval de ponernos allí mismo, junto al muro, quedamos en sentarnos entre las tumbas. Yo me había encargado de la mayor parte de las cosas: una vela, un vaso (de chupitos, genial), una cartulina con el abecedario clásico (con si, no, números y todo éso). La verdad es que el suelo estaba algo duro. Descansamos allí un rato pues a los colegas les apetecía fumarse un peta. Yo mientras recordaba algunas palabras de convocación, nombres de demonios y algunas cosas que me habían contado sobre aquel cementerio. Al parecer, alrededor de los años 50 hubo una epidemia en aquel lugar, y mucha gente murió a causa de ella. Las tierras de alrededor son muy fértiles y son cultivadas, se dice que se debe a la gran cantidad de muertos que fueron directamente enterrados allí fuera ya que no cabían en el cementerio. A veces se han encontrado objetos antiguos en aquella zona. Uno de los presentes me había hablado de una historia que los habitantes locales no gustan de comentar (sólo la conocen algunos viejos, entre ellos su abuela). Habla de una chica que murió, creo que algunos años después de la epidemia, y fue depositada en el velatorio del cementerio (era hace muchos años, ahora el velatorio está en otro sitio). Al día siguiente el guardia encontró su cuerpo junto a la puerta principal, dentro del cementerio, con el pelo blanco y las uñas rotas y ensangrentadas, y marcas de arañazos en la puerta. Al parecer sufrió una "apoplegía" (no sé si es éso), es decir, que aparentaba estar muerta pero estaba como en coma, y al despertar y no poder salir murió de terror allí dentro.
Se escuchaban ruidos en el cementerio, el viento agitaba los plásticos que cubrían las flores de las tumbas y daba la sensación de que alguien se movía en la oscuridad. El chaval estaba muy nervioso, pero aguantaba bien. La noche anterior habíamos estado paseando entre aquellas lápidas. Algunas estaban adornadas con figuras de ángeles, y las luces que iluminaban un monumento en el exterior les daba un aspecto tétrico y titilante. Descubrimos un par de tumbas sin llenar, cubiertas con un tablón de madera, pero el interior era mucho más grande de lo que imaginaba, embaldosado y todo. Debía ser algo parecido a un nicho. También encontramos una sala que comunicaba directamente con el campo abierto del cementerio. En el interior había un par de palas, un pico, y dos garrafas llenas de un líquido anaranjado. Olía bastante mal. Uno de los del grupo nos dijo que éso era una antigua sala de autopsias. La verdad es que sentí miedo y asco de estar ahí dentro.
Cuando terminaron el peta extendí la cartulina y coloqué cerca la vela encendida. Les di instrucciones para que se cogieran de las manos e imaginaran aquello que yo les indicaba. Entre éstas cosas estaba el imaginarse una burburja dorada que nace del tablero y nos cubriría a todos, a modo de cubierta protectora contra los malos espíritus, como les dije. Tras algunas palabras rituales y todo éso surgió el problema de saber a quién invocaríamos. Nadie había pensado en ello. Yo propuse invocar a algún demonio menor del infierno, pero no fue bien acogido. Al final decidimos preguntar el clásico "¿hay alguien ahí?". No pasó nada. Nosotros, con los dedos sobre el vaso, esperando. Pregunté otra vez. Nada. Una tercera vez, y entonces sí que fue interesante: el vaso empezó a moverse. Se movía muy lentamente bajo nuestros dedos, a lo largo del tablero, hasta la palabra hola. Tardó mucho, yo diría que como un minuto, en llegar. Aunque me resultaba un poco sorprendente y algo divertido, me cansaba su lentitud. Pregunté si quería que alguien se marchara de la mesa. El vaso comenzó a moverse nuevamente, y me fijé que la dirección que llevaba era el sí. No obstante, la vela se apagaba y a mi me cansaba la lentitud del proceso. Antes de terminar me despedí, le dí las gracias por su tiempo y deshice la oiuja. El chaval estaba muy nervioso. Un colega de los presentes que me conocía me preguntó si había movido yo el vaso, y respondí que no. ¿Que qué creía que había pasado? No lo sabía, y sinceramente me daba igual. Quizá otro movió el vaso, quizá presión de todos los dedos llevaba erráticamente el indicador de un lado a otro. Me da igual, ya que de todas formas no sirvió para nada. Bueno, para nada no: mientras descansábamos otro rato yo me quedé un rato pensando en algo que no tenía nada que ver con el lugar, y el colega que me conocía me preguntó que en qué pensaba. Yo le dije "no, estoy tratando de mantener la concentración en la burbuja protectora, por si acaso. Podría hacer un experimento, a ver que pasa si por ejemplo saco de ella a éste (me refería al chaval)...", "nononononno, tío, por favor, no me saques de la burbuja que...". Así que al menos me reí un rato, viendo que uno de los presentes parecía estar supeditado a mi propio pensamiento e imginación.
Pues la verdad es que fue una noche muy relajante. No me voy a olvidar de la cerveza y la de Jaming.
Y ya no me acuerdo de a que coño venía todo esto. En fin, podemos meterlo en la sección RALLADAZ.
Dulces sueños...